Inválidos de la sexualidad (Tercera parte)


"Ayudar a otra persona me hace sentir satisfecho a mí mismo -dice Hugo, un vendedor de 40 años que durante un tiempo mantuvo relaciones con una muchacha mucho más joven que él, propensa a desempeñar el papel de mártir-. María me necesitaba porque en ese momento sufría de ciertos trastornos emocionales. Había terminado la escuela secundaria y había abandonado su hogar porque su padre la golpeaba. Sentía mucha necesidad de ser amada y yo podría brindarle un afecto profundo. Me sentía como una combinación de los Reyes Magos y Dios."

Algún tiempo después, el papel de guía y benefactor que María le había impuesto dejó de tener atractivo para Hugo cuando su esposa le hurtó un dinero. Al pedirle explicaciones, ella respondió que no había podido evitarlo. Luego María comenzó a beber continuamente, a aumentar de peso y descuidar su apariencia personal.

Cuando Hugo le hacía algún reproche, ella le contestaba que todo era su culpa porque esperaba demasiado de ella, que tenía serias dificultades emocionales. La gota que colmó el vaso cayó el día que Hugo llegó a su casa del trabajo y encontró a María acostada con otro hombre en el sofá de la sala.

Esos fatitos vagabundos que aparentemente sólo quieren afecto y mimos al principio a menudo pueden mostrar luego las garras muy afiladas. Lamentablemente, pocos de nosotros pensamos eso antes de recibir un arañazo. Al jugar con nuestro deseo de ser bondadosos y provocarnos un sentimiento de culpa, las víctimas profesionales que encontramos en la vida se las arreglan para obligarnos a cuidar de ellas a nuestra costa.

Es muy agradable saber que podemos ayudar a otras personas y es halagador para nuestro amor propio encontrar una pareja que, al contrario que la mayoría de las personas, no tiene interés en dirigir nuestra vida. 

En cierta forma, nos sentimos muy satisfechos con nosotros mismos cuando otra persona nos pide que la protejamos y tomemos decisiones en su lugar, pero al precio que pagamos por ser tan buenos y responsables es soportar una serie de violentos reproches cuando esas decisiones que hemos adoptado son incorrectas. Para decirlo con pocas palabras, esa persona nos pone en la situación de cargar con la culpa de habernos equivocado al tomar decisiones que no nos correspondían.

Muy a menudo, aquellos que explotan a sus cónyuges desempeñando el papel de víctimas convencen a sus amigos, vecinos e incluso terapeutas de que lo que sucede no es culpa suya, sino de sus respectivas parejas, a las que acusan de haber desgraciado su vida. Y lo hacen con la astucia de la víctima de accidentes profesional que salta frente a un automóvil que acelera y luego entabla un juicio al conductor por haberle roto una pierna.


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